por | May 10, 2019 | Relación con Dios | 0 Comentarios

Un corazón como el de Jesús

Ayer Dani nos enseñaba como, sobre todo, los evangelios, están plagados de recordatorios donde Jesús nos hace ver que somos un reflejo de lo que llena nuestro corazón (Mateo 12.3415.18-19Marcos 7.21Lucas 6.45)

Esto significa que la razón, la causa de nuestro comportamiento, tanto en lo que decimos, lo que hacemos, lo que ponemos en nuestro Instagram e incluso lo que pensamos, es sin duda, nuestro corazón.

Nuestro corazón es una fuente de la cual emana todo comportamiento, toda actitud y toda voluntad.

Jesús, por tanto, está revelando una verdad irrefutable: ¿Quieres saber qué es lo que te importa realmente? ¿Quieres saber quién eres? Escucha lo que hablas, mira las cosas que haces, observa en qué ocupas tu pensamiento, lee lo que escribes en Facebook y mira las fotos que subes a Instagram; todo eso son pistas, detalles, trazos de lo que hay en tu corazón.

Pero más allá de esta verdad, Jesús nos está mostrando dos cosas más trascendentes para nuestra vida:

  • Jesús nos está pidiendo que tengamos el corazón que Él tiene.
  • Jesús nos revela que realmente aún no tenemos ese corazón.

Y esto es porque su palabra actúa en nosotros como un espejo que nos desnuda delante de Él y nos enseña quién realmente Él es y quien realmente somos nosotros. Pero la pregunta clave es la siguiente ¿Como puedo tener el corazón de Dios?

“Nuestro corazón es una fuente de la cual emana todo comportamiento, toda actitud y toda voluntad.”

Al margen de que la respuesta a esta pregunta podría ser bastante larga, podemos encontrar muchas pistas en su Palabra donde se nos indica cómo llegar a tener el corazón de Dios, pero simplemente queremos resaltar una de ellas:

Hay una historia en 2ª Reyes 20.1-3 donde Ezequías le está recordando a Dios (como si Dios necesitara que alguien le recuerde nada) que él ha andado en sus caminos, que a caminado rectamente en la voluntad de Dios y que la ha seguido fielmente y por tanto, le ruega que no permita que muera aún (ya que estaba a punto de morir, y lo sabía porque Isaías se lo había dicho).

La respuesta de Dios es impresionante; en el versículo 5 podemos leer: “…Yo he oído tu oración, y he visto tus lágrimas; he aquí que yo te sano…” La oración de Ezequías unida a sus lágrimas fue la evidencia de que su corazón estaba apuntando a Dios. Dios realmente conocía el corazón de Ezequías, sabía lo que pensaba y conocía su sinceridad, pero todo ello se verbalizó, se hizo palpable con su oración (su dependencia de Dios) y sus lágrimas (la evidencia de que realmente le importaba) Podríamos decir que de la abundancia de su corazón se formuló su oración y brotaron sus lágrimas.

Por tanto, podemos tener el corazón de Dios, entregando el nuestro con sinceridad; Ezequías demostró que sus palabras y que su corazón estaban conectados, y Dios no le sanó por sus palabras, le sanó porque Ezequías ya había entregado su corazón a Dios, tenía el corazón de Dios, así que nuestra oración sincera y entregada está íntimamente conectada con el corazón de Jesús.

Así que pidamos a Dios que transforme nuestro corazón semejante al corazón de Jesús, que llene nuestra fuente, nuestro corazón del agua de vida que Él nos da y que esa agua rebose en nosotros y pueda llenar y transformar otros corazones.

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